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Libros: “El libro de los abrazos” de Eduardo Galeano

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Celebración de la fantasía

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró  un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

- – Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima — dijo.

– ¿Y anda bien? — le pregunté.

– Atrasa un poco — reconoció.

 

El libro de los abrazos / Eduardo Galeano — Siglo veintiuno de España editores

 

Libros: “Burlando a la Parca” de Josh Bazell

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¡De modo que voy camino del trabajo, me paro a ver cómo una paloma se pelea con una rata en la nieve y un gilipollas intenta atracarme! Naturalmente tiene una pistola. Se me acerca por detrás y me la clava en la base del cráneo. Está fría, y en realidad produce una sensación agradable, como de digitopuntura.

- Tranquilo, doctor – me sugiere.

Lo que lo explica todo, al menos. Incluso a las cinco de la mañana, no soy la clase de tío al que se suele atracar. Soy como una estatua de estibador plantada en la Isla de Pascua. Pero el capullo me ve bajo el abrigo los pantalones azules del pijama sanitario y los zuecos de plástico verde perforados, así que piensa que debo de llevar drogas y dinero encima. Y que a lo mejor he hecho alguna especie de juramento de no patearle su culo de tonto por tratar de asaltarme.

Apenas tengo drogas y dinero suficiente para pasar el día. Y el único juramento que he hecho, según recuerdo, es el de no tener propósito de hacer daño. Me parece que ya hemos pasado de ese punto.

-Vale – digo, alzando las manos.

La rata y la paloma se han largado. Cobardicas.

Me doy la vuelta, movimiento  que me aparta la pistola de la nuca y me deja con la mano derecha levantada por encima del brazo del capullo. Lo agarro del codo y tiro brucamente hacia arriba, haciendo que sus ligamentos salten como tapones de champán.

Los dos huesos del brazo, cúbito y radio, se mueven por separado, y también giran. Lo que pueden comprobar poniendo la palma de la mano hacia arriba, posición en la cual el cúbito y el radio se encuentran en paralelo, y volviéndola luego hacia abajo, postura en que se cruzan formando una equis. Necesitan, por tanto, un complejo sistema de anclaje en el codo, con los ligamentos envolviendo los diversos extremos óseos en unas tiras rebobinables semejantes a la cinta pegado en el mango de una raqueta de tenis. Es una pena romperlos…

Burlando a la Parca/ Josh Bazell — Ed. Anagrama

 

Burlando a la Parca” nos presenta a Peter Brown, un sufrido médico pero con un pasado muy peculiar, el de matón de la mafia. Éste que escribe se reconoce un incondicional de  personajes como House y Tony Soprano, y este libro tiene mucho de ambos.

 

Libros: “En busca del unicornio” de Juan Eslava Galán

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 ”Muy ilustres autores antiguos y Padres de la Iglesia se han ocupado de este animal, entre ellos San Gregorio y San Isidoro. Yo llevo meses escudriñando en los textos todo lo que  se sabe de él por interés del Rey y obediencia a mi superior”, explicó. Hizo una pausa y prosiguió: “El unicornio no se puede cobrar vivo porque, de cualquier forma, muere pronto en cautividad; además sería peligroso más que apresar un león porque es muy feroz y nada puede resistir a su cornada, ni broquel ni adarga doblada. Le gustan las palomas y suele sestear a la sombra de los árboles donde ellas se posan. Su mayor enemigo es el elegante, al que vence y mata atravesándolo con su cuerno. Un cuerno largo y retorcido que aguza contra las piedras como el cochino de monte afila sus colmillos. Pero nosotros lo cazaremos con una virgen, si Dios ayuda.” “¿Con una Virgen?”, pregunté yo, pensando que quería decir con una imagen de Nuestra Señora. “Con una virgen de carne y hueso –continuó fray Jordi–, con una doncella intacta, que no haya conocido varón.– Y luego añadió  como para sí–: Si es que el Canciller real encuentra alguna en todo el reino de Castilla.” Dejó el libro en su lugar y tomó otro menos voluminoso que también tenía cierto pasaje señalado con una cinta. Lo abrió y leyó por donde marcado estaba: “Plinio certifica que el unicornio huele a la doncella y va a posar su cabeza terrible en el regazo de la niña: entonces se deja cautivar  fácilmente porque abandona su habitual fiereza y la torna en mansedumbre. El cuerno del unicornio es el remedio universal contra el veneno, el ungüento de su hígado es mano de santo en las heridas.” Fray Jordi guardó silencio un momento y seguía discurriendo la yema  de su dedo índice por el pergamino del libro, aunque no leía.  Había levantado la cabeza y miraba distraído por la ventana del huerto. El sol empezaba a bajar, allá a lo lejos, y los muros del alcázar real, al otro lado de los barrancos, parecían dorarse y brillar como joya bruñida. “También tiene otras virtudes el cuerno –prosiguió–, apuntala la virilidad desfalleciente de los hombres poderosos en el otoño de sus vidas y les devuelve los ardores de la juventud. Bajó la voz sin dejar de mirar el lento atardecer y prosiguió…

 

En busca del unicornio/Juan Eslava Galán — Ed. booket — Premio Planeta 1987

 

Comienza LIBER 2009: la Feria Internacional del Libro.

Desde el miércoles 7  al  viernes 9 de octubre se celebrará en Madrid, más concretamente en el pabellón 12 de IFEMA una nueva edición de la Feria Internacional del Libro – LIBER.

Si bien tiene un carácter exclusivamente profesional, LIBER supone el encuentro de la industria editorial en español, y una  estupenda oportunidad para conocer las próximas novedades del mercado. En esta ocasión Rusia será el país invitado.

Editores, distribuidores, autores, libreros y cómo no, los bibliotecarios tenemos una cita en LIBER.

Página oficial LIBER 2009

 

 

Libros: “El demonio de Lavapiés” de Pedro Herrasti

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“A la luz de la luna no parecía más que un montón de ropa informe tirada en la calle, pero al acercarse vio un charco de sangre espesa y oscura empapando el suelo seco de la plaza de Lavapiés. Sólo cuando el alguacil apartó el manto, un paño basto y ocre raído por el tiempo, pudo observar la cabeza quebrada de la muerta. El cráneo había estallado al chocar contra el suelo. Bastó el leve movimiento de la vestidura para que el cuerpo desnudo se volteara, contempló entonces, a las escasa luz de los faroles, el rostro arrugado y cetrino de una anciana, cuya cabeza derramaba todavía un hilo de sangre sobre las rodadas que los carros dejaron al cruzar la plaza.

Gonzalo García pudo ver muchos muertos antes de ser alguacil. Los campos de batalla de Flandes e Italia le mostraron hombre acuchillados, quemados, degollados, ahorcados ; miles de muertos diferentes, algunas horribles, otras rápidas y limpias. Sin embargo, aquella se le quedaría grabada para siempre ; no por la terrible herida del cráneo , ni por las manos huesudas y crispadas en un ademán inútil por evitar sus destino. Todo eso ya lo había visto antes. El alguacil volvió a mirar aquel rostro ensangrentado. Lo peor de todo era la mueca de su boca desdentada, eneormemente abierta, no se sabía bien si para dar un grito de sufrimiento, de terror por la muerte cercana o, quizá, de aviso ante algo terrible…”

 

El demonio de Lavapiés / Pedro Herrasti–Ed. Edhasa

 

Libros: “Luna de lobos” de Julio LLamazares

 

lunadelobos

 

Don Manuel mira a Ramiro con ojos desorbitados. Un sudor frío y pegajoso atraviesa su rostro cuando éste le dice:

- Aquel hombre estaba herido. Aquel hombre era mi hermano y le pidió que le escondiera aquí, en su casa.

- Yo no podía hacer eso, Ramiro — contesta el cura, definitivamente acorralado–. Yo no podía esconderle. Me comprometía a mí.

- Y le entregó a sus perseguidores para que le remataran.

El cura ya no puede seguir defendiéndose, ni siquiera hablando. Sus manos, aferradas al borde de la mesa, parecen sarmientos blancos. Y sus labios helados tiemblan en un una oración como hojas de sangre.

-¡Levántese! ¡Levántese y deje de rezar, que no le va a servir de nada!

Por las calles de La Llánava, sólo los perros y la luna están despiertos. Los perros nos despiden con sus ladridos a las afueras del pueblo. Pero la luna continúa con nosotros dispuesta a no abandonarnos en toda la noche. Don Manuel camina en silencio, con la mirada en el suelo y las manos hundidas en la sotana, como un fantasma extraño que se alejase hacia el río. Ramiro y yo, uno por cada lado del camino, le seguimos a corta distancia sin dejar de apuntarle con nuestras armas. Ya junto al río, el cura tuerce por el sendero que sube entre chopos hasta la pontona vieja. Una, dos revueltas más bordeando los últimos prados, sobre la orillla misma, y a nuestro encuentro sale la campa de Remolina.

- ¿Aquí?

Don Manuel asiente con la cabeza.

Contemplo la pradera negra y húmeda, brotada de berros. Los chopos proyectan sus sombras solemnes sobre ella. El río baja a su lado con un profundo bramido. El equilibrio de la noche es tan perfecto que nada podría hacer pensar que Juan esté enterrado ahí, bajo la hierba. Bajo esta misma hierba que Ramiro y yo hemos pisado tantas veces, tantas noches, bajando hacia La Llánava.

Don Manuel permanece en silencio junto a nosotros.

- Arrodíllese — le dice Ramiro.

Ha arrancado, en un gesto inesperado, una rama de espino y la ha clavado en el suelo como si fuera una cruz. Don Manuel se resiste a obedecer. Teme seguramente que en esa postura, de rodillas, indefenso, cumplamos nuestra amenaza y le demos el tiro de gracia.

-¡Arrodíllese! –grita Ramiro–. ¡Arodíllese y rece, hijo de puta! ¡Ahí hay un hombre enterrado, no un perro!

La brisa azota con suavidad las espadañas y las ramas de los chopos. Ahoga un instante el bramido del río. En el centro de la campa, una luna lejana y fría ilumina la figura del cura, arrodillado frente a la rama de espino, y la pistola que le apunta fijamente a la cabeza.

Luna de lobos/ Julio Llamazares — Ed. booket

 

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